La estructura del recuerdo

Publicado en Diario Médico, 20 de Octubre 2014

by Liset Menendez de la Prida 

 

En agosto de 1492, Cristobal Colón zarpó desde Palos a la búsqueda de una ruta marítima hacia Las Indias. Navegó orientado por el mapa alocéntrico de las estrellas y los vientos, y salvo una breve escala intermedia, encontró su camino entre las aguas hasta las blancas playas de una isla ignota. Cuatro veces zarpó Colón desde puertos distintos, para acabar conformando el camino mental que le llevaba a América. Guardaba en su cerebro las trazas neuronales de estos viajes. Cuatrocientos setentainueve años después, John O’Keefe y su estudiante Jonathan Dostrovsky descubrían las células de lugar (‘place cells’), como llamaron a las neuronas del hipocampo que disparan en función de su posición en el espacio, revolucionando para siempre los estudios de las bases neuronales de la orientación espacial y la memoria. Más tarde, en 2005, el equipo de May-Britt y Edvar Moser completaba el esquema de la estructura neuronal de este mapa, identificando las células de retícula (‘grid cells’) en la corteza entorrinal, que disparan en los nodos de un hexágono imaginario que solo existe en nuestra cabeza. El premio Nobel de Medicina de este año a O’Keefe y al matrimonio Moser reconoce este trabajo.

La navegación espacial se apoya en dos mecanismos neurales bien identificados, uno proporciona información sobre la posición que ocupamos en un sistema de referencia construido a base de pistas externas; el otro mecanismo calcula las coordenadas de nuestra posición actual según la información de nuestras posiciones previas. El hexágono espacial imaginario de las células de retícula se combina con la información de dirección que proporcionan las células de orientación, o ‘head direction cells’ descubiertas por James Ranck and Jeffrey Taube, y con la información de distancia de las células de borde (‘border cells’) descubiertas por O’Keefe y Neil Burgess para terminar creando una representación global en las células de lugar. Si se adiciona a esto un mecanismo de plasticidad la traza mental quedará guardada en la memoria. El disparo de las células de lugar no es rígido sino que se modula en diferentes entornos, ante cambios de escala y de contextos no espaciales conformados por olores, colores, experiencias diferentes. Y esta es la clave que conecta los mecanismos neurales de la orientación espacial con nuestra capacidad de recordar y saber de dónde venimos y a dónde vamos y lo que vimos y no vimos por el camino.

Los sistemas neurales involucrados en la navegación espacial son los mismos que sostienen nuestra memoria episódica, la memoria de los eventos que ocurrieron en tiempo y lugar aderezados con nuestras emociones. Día a día, múltiples mapas coexisten y se forman en los circuitos que conectan el hipocampo y la corteza entorrinal, se comparan con mapas previos y se transfieren a regiones diferentes de la neocorteza para ser utilizados después en un flujo permanente. Los disparos neuronales se organizan en paquetes de información, que son transferidos por los microcircuitos en ciclos de actividad que marchan al son de nuestras ondas cerebrales, como un reloj interno que marca el ritmo. Cuando todo este sistema se daña de manera específica en alguno de sus puntos, las funciones cognitivas asociadas no pueden ser implementadas. Esto sucede en la enfermedad de Alzheimer y en ciertas formas de epilepsia, como la que afecta al lóbulo temporal, que deterioran específicamente los circuitos del hipocampo y la corteza entorrinal así como la comunicación entre estas estructuras.

En el mal de Alzheimer, mucho antes de que las placas amiloides nos devoren como personas, se detectan problemas de memoria, incapacidad para aprender y desorientación que están relacionados con daños en estos circuitos. En epilepsia, el cerebro entre crisis muestra defectos cognitivos, fallos de memoria episódica que no están necesariamente asociados a las convulsiones eléctricas sino con los daños que sufre la estructura neural de nuestros recuerdos, esa que los trabajos de O’Keefe y los Mosers en ratas han ayudado a identificar. Aunque la capacidad de relatar nuestras experiencias nos diferencie de los animales inferiores, estas estructuras neurales están conservadas entre especies permitiéndonos su estudio. Hoy sabemos que navegar por el espacio es lo mismo que navegar por el tiempo, los olores y sabores y emociones que acompañaron a Colón en sus viajes. Como dice Eliot Weinberger, ‘…el olor y el sabor perduran mucho más, como las almas (…) y soportan sin doblegarse, en la minúscula e impalpable gota de su esencia, la enorme estructura del recuerdo’.

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